Desde el 10 de mayo de 1891, hasta su cierre el 29 de octubre de 2000, la revista Blanco y Negro, primero como publicación independiente y, en sus últimos años, como suplemento del diario ABC, se mantuvo fiel a la cita con sus lectores. Durante su primer año de vida mantuvo una misma portada: la reproducción de una obra del pintor Díaz Huertas en la que un coche de caballos avanzaba por un camino con su conductor manteniendo el látigo en alto.
La novedad del cuadro residía en la inversión de los papeles. Es una dama quien conduce el coche y, al fondo, en el asiento de los pasajeros,
se observa una silueta masculina con chistera. Tampoco son caballos quienes tiran del carruaje, sino una especie de insectos alados que permiten a aquel sobrevolar el camino plagado de hojas informativas, en lugar de rebotar sobre los adoquines. La primera portada, a pesar de su reiteración, anunciaba ya la llegada de los nuevos tiempos.
Pero a partir del 3 de enero de 1893, la publicación se apuntó a la más moderna idea de variar su portada todas las semanas, con el consiguiente esfuerzo de creatividad, y la colaboración de algunos de los principales ilustradores de cada momento. Conmemoraciones de hechos de especial significación histórica, recreaciones de sucesos de la actualidad (con el retraso que la técnica y las comunicaciones imponían en aquellos años) o simples escenas cotidianas fueron ocupando la primera página número a número.
Blanco y Negro fue el escaparate de los tiempos y de las corrientes artísticas que en los años finales del xix y primer tercio del siglo xx transformaron Europa desde la tradición del academicismo a la visión de las vanguardias.
Pero los estilos artísticos no eran sino el reflejo de los cambios sociales, culturales y científicos que recorrían el continente. Si al comienzo se trataba de romper con el academicismo mediante las formas elaboradas del art nouveau, tras el fin de la Gran Guerra, las rupturas vanguardistas se fueron abriendo camino lentamente, en el gusto de artistas y coleccionistas.
Como es lógico, su reflejo en una revista dirigida al gran público como Blanco y Negro no era tan directo, y no era raro encontrar una amalgama de estilos que combinaba, en un mismo año, diseños modernistas con otros de reflejos cubistas o que recuerdan al diseño alemán de los años veinte. Todo ello estaba combinado con muestras de la pintura regionalista que seguía vigente en España.
Respecto a los temas, en Blanco y Negro se plasman desde las visiones de la vertiente más tradicional de España, con portadas llenas de manolas y trajes regionales, hasta imágenes verdaderamente revolucionarias de la nueva mujer que va surgiendo como producto de la modernidad. Una mujer que desempeña roles sociales no vistos hasta ese momento y cuya actividad desborda el ámbito tradicional. Una transformación social que la Guerra Civil, fecha elegida como fin del período en el que se centra la exposición, vino a truncar.